(Tomado de EL PAÍS -11.10.2007) Moulay Hicham Ees investigador en

Moulay Hicham
Marruecos ha pasado en los últimos años de un autoritarismo apoyado en el aparato de represión a un autoritarismo institucionalizado y legitimado por los antiguos y nuevos partidos de la oposición (PJD). La nueva fórmula no puede responder ni a las 'necesidades de una democratización auténtica ni a las de la integración de las corrientes islamistas. En efecto, ese nuevo autoritarismo de rostro humano simplemente parece haber invertido el funcionamiento del antiguo concentrando la decisión desde arriba en una oligarquía tecnocrática y concediendo poca importancia a las formas y a la negociación con las formaciones políticas -a diferencia' del antiguo, que ponía buen cuidado en llegar a cierto consenso con esas elites-. De modo que en un caso (autoritarismo anterior) se practicaba cierta apertura en la cúspide al tiempo que se cortaba las alas a la base mediante el estrecho control de las elecciones y la amenaza de represión, y en el otro se cultiva la amplia apertura en la base combinada con las limitaciones impuestas a la cúspide mediante las comisiones reales y los círculos allegados al palacio. Un autoritarismo legalizado que ha renunciado a la represión como sistema de gobierno, que concede márgenes de libertad bastante holgados, pero que no se ensambla con ninguno de los mecanismos capaces de impulsar el cambio.
Ahora, las elecciones del 7 de septiembre cierran el anterior período de prueba y emiten un juicio, al parecer decisivo, sobre este último. Esta especie de evaluación ha tenido lugar en un clima nuevo del que es importante levantar acta.
Las votaciones, y hay que felicitarse de ello, se han desarrollado en calma y según unas reglas admitidas por todos, pese a las irregularidades denunciadas por una prensa atenta.
No obstante, los resultados expresan una toma de posición del pueblo sobre la apertura democrática y el período de prueba. El masivo porcentaje. de abstención, que a1canza el 63%, indica un distanciamiento, si no una protesta contra las elecciones y contra un Parlamento que, en realidad, no representan sino una democracia nominal. Sin duda, hay que tener en cuenta las dificultades técnicas que pudieron afectar a ciertas capas sociales (especialmente a las iletradas), así como la complejidad del procedimiento. Pero el peso aplastante de la abstención y el millón de papeletas nulas o blancas demuestran que la mayoría del pueblo considera que este juego electoral tiene poco que ver con los verdaderos desafíos del país y que los medios político económicos, lo mismo que el poder de decisión, se concentran en manos del centro monárquico y sus engranajes. El desencanto general y el boicoteo activo de las urnas preconizado por corrientes islamistas también parecen haber desempeñado un papel importante en la abstención.
Por supuesto que no se puede afirmar que la mayoría de los abstencionistas son opositores a
Pasemos ahora a los otros resultados. El reparto de escaños ha causado sorpresas: el Istiqlal, en cabeza, seguido del Partido de
Es importante observar de cerca el caso del PJD, que partía como favorito en las elecciones. Pese a lo que parecían indicar unas previsiones precipitadas, este partido también recibió un voto de castigo: sólo ganó cuatro escaños, cuando todo apuntaba a que duplicaría su presencia en el Parlamento. Pese a un considerable esfuerzo de organización, una actividad vigorosa en el campo social y las garantías que supo ofrecer a
El fracaso relativo del PJD y el éxito de los partidos tradicionales plantean la problemática de las formaciones que practican las políticas del Islam bajo otra luz. El pueblo marroquí considera que todos sus componentes son musulmanes, y los electores parecen votar sobre todo a grupos y personalidades que se vuelcan en apoyar sus intereses y resolver sus dificultades. Eso significa que votar por el Istiqlal, el PJD o los partidos tradicionales no es votar a favor ni contra el Islam, que no es una baza electoral, sino más bien votar por la labor de proximidad.
Sin embargo, en la interpretación global de estas elecciones debe prevalecer la prudencia, pues con sólo un 37% de participación, tanto las victorias como las derrotas son relativas. Pero el hecho es que la modernización, sabiamente emprendida en la etapa actual, muestra sus límites. Por supuesto, esa modernización proyecta una imagen hacia el exterior, pero los electores saben que la máquina democrática gira sin engranar con los mecanismos reales del poder.
De hecho, estas elecciones han puesto sobre todo de relieve la nueva vida política que se instala en Marruecos, así como el nuevo estado de opinión del país, en el que las combinaciones electorales ya no pueden apoyarse en el peso del mundo rural pilar histórico de
El autoritarismo institucionalizado con amplios espacios de libertad aún puede tener una larga vida por delante. Las elecciones de 2007 abren una etapa clave. Sientan las bases de un debate sobre la necesidad de un nuevo consenso con objetivos y reglas del juego que impliquen a todas las partes. Abren la discusión sobre esta democracia nominal y sus escasas posibilidades de convencer y perdurar. Por razones vinculadas a la historia y la cultura marroquí, y también a las conquistas de este período de apertura que vivimos, la suerte de Marruecos es que la discusión se desarrolla hoy por medios pacíficos. En otros países han dejado que se deslice hacia la violencia.
Esperemos que la institución monárquica, la clase política y todas las demás partes sepan seguir debatiendo pacíficamente entre sí, aceptando ir hacia una democracia real.
Traducción de José Luís Sánchez-Silva.

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados